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El desarrollador que estamos buscando

Por Rafael Pérez, 29 de octubre de 2026

Escuchar el artículo: Leído por Yandy

El desarrollador que estamos buscando

0:00 14:31
El artículo, unas 4 horas y 38 minutos
Un desarrollador con años de oficio trabaja a la vez en un monitor de tubo y en una laptop
Dos épocas en un mismo escritorio A la izquierda, la PC de los noventa con «C:\>dir /o/w» en pantalla, el disquete de MS-DOS 6.22 y el Zip azul con sus discos. A la derecha, la laptop de hoy. Detrás, la impresora matricial con papel continuo y los tinacos de Santo Domingo por la ventana.

Haciendo cuentas, llevo cerca de 25 años desarrollando software. No siempre ha sido mi función central, pero nunca he salido de la industria. He trabajado en desarrollo web, administración de bases de datos, producto, backend y frontend, con tecnologías que van desde dBase y Clarion hasta .NET desde sus inicios y PHP. Además, he implementado software, lo he vendido y he reparado mucho software que no funcionaba bien. De hecho, las tareas que los desarrolladores suelen rechazar son las que en IMS abrazamos: refactorizar plataformas con un nivel importante de obsolescencia y continuar bases de código muy antiguas que nadie quiere volver a tocar. Uno de nuestros casos de éxito más importantes fue relanzar una plataforma después de casi doce años, devolverle una base de usuarios importante y darle un plan de desarrollo con futuro. Lo que hoy es Breve antes fue Probos y primero fueron pantallas dibujadas en un cuaderno. Hoy, cuando alguien quiere construir una aplicación, se la pide a una IA y pronto tiene por lo menos un prototipo. Antes, se hacían dibujos sobre papel, se hacían diseños y el presupuesto de lo que costaría hacer lo más mínimo, pues no hacerlo resultaba muy costoso.

Un cuaderno abierto con pantallas dibujadas a lápiz, junto a un lápiz, una goma y un disquete
Antes de Breve, un cuaderno Pantallas dibujadas a lápiz, con sus tablas, botones y flechas, junto a la goma, la taza de café y un disquete.
Un cibercafé de 1999: jóvenes jugando en red, máquinas de arcade y una consola con cartuchos
Un cibercafé de 1999 Jóvenes en red jugando disparos en primera persona, dos máquinas de arcade con peleas callejeras y combates en la jungla, una consola gris con sus cartuchos y una portátil con los bloques que caen.

Considero un privilegio haber vivido las grandes transiciones del desarrollo de software:

  • Las aplicaciones de línea de comandos, que obligaban al usuario a aprender y memorizar instrucciones.
  • La llegada de la interfaz gráfica.
  • Las aplicaciones cliente-servidor.
  • La nube.
  • La revolución de las aplicaciones móviles.
Un escritorio largo que cambia de época: la terminal, la PC con ventanas, el servidor, la nube, el teléfono y la laptop
Un escritorio que cambia de época De izquierda a derecha: la terminal de comandos, la PC con ventanas, el servidor con su estación y el módem, la nube, el teléfono y la laptop con la chispa de la inteligencia artificial.
Un centro de datos de los años ochenta: operadores con bata blanca entre cintas magnéticas y la impresora de papel continuo
El centro de datos de los ochenta Un cuarto frío de piso elevado, con armarios de computadoras centrales, unidades de cinta magnética y la impresora de papel continuo. Los operadores trabajan con batas blancas.

Tengo recuerdos de cómo era antes el mundo de los informáticos. Trabajaban en centros de datos sumamente fríos, con batas blancas. Hoy, abren una laptop o un celular para trabajar mientras beben café en Starbucks, o aún mejor: le dictan por voz a un agente lo que tiene que hacer y esperan su respuesta. En este momento interactúo con desarrolladores de la vieja guardia que tienen esa nostalgia y con desarrolladores sumamente jóvenes que no entienden el mundo de antes y tampoco entienden del todo las prácticas del mundo actual, como las jornadas laborales o el trabajo presencial. Hace 2 semanas visité un cliente muy antiguo que todavía conserva una impresora Epson LX300 matricial.

Una desarrolladora trabaja con su laptop y su celular en un café, con una taza al lado
La oficina de hoy Una desarrolladora trabaja con su laptop y su teléfono en la mesa de un café, entre clientes que conversan y la barra con la cafetera.

Todavía resuenan en el fondo las guerrillas entre gerentes de proyectos con sus flujogramas y desarrollo en cascada, o los profetas del desarrollo ágil en Scrum y sus tableros Kanban.

Una sala de reuniones dividida: de un lado un flujograma en cascada, del otro un tablero Kanban lleno de notas
La cascada y el tablero De un lado, el gerente de proyecto con su flujograma en cascada. Del otro, el entrenador ágil con su tablero Kanban lleno de notas. En medio, el café y el proyector.

Hoy tengo el privilegio de dirigir una empresa de desarrollo de software en plena transición hacia la inteligencia artificial. Hay muchas preguntas que todavía no tienen respuesta, pero también hay muchas respuestas que se han construido durante años y que tienen solidez. Predecir el futuro no está al alcance de nadie, así que en este artículo quiero recapitular lo que sí es sólido en el desarrollo de software. Lo iremos construyendo sobre la marcha.

La naturaleza de nuestro trabajo

Lo primero es que los seres humanos seguiremos organizándonos para crear juntos eso que llamamos cultura. Lo haremos de forma analógica o digital, con el trabajo de otras personas o con la ayuda de la inteligencia artificial. Desde que el hombre es hombre ha buscado maneras de organizarse, y cada vez que lo intenta termina construyendo algún tipo de empresa y herramientas que faciliten su trabajo, ya sea individual o en equipo. El software comercial que hacemos en IMS se seguirá haciendo. Cambiarán las herramientas y cambiará el vocabulario, pero a grandes rasgos las personas seguirán organizándose, y cada vez que lo hagan necesitarán herramientas para hacerlo mejor. Esas herramientas las construiremos desde cero o de manera sintética, pero siempre servirán a un trabajo que es real.

La oficina de una ferretería en 1993: el libro mayor, la sumadora, el ábaco y la primera computadora
La trastienda de una ferretería en 1993 La contable escribe en el libro mayor y a su lado un joven de guayabera trabaja en el procesador de texto azul. Sobre la mesa, la sumadora con su tira de papel, el ábaco, el teléfono de disco y el pincho de recibos.

La clave no está en predecir el futuro, sino en entender la naturaleza de nuestro trabajo: automatizar las tareas repetitivas para que la gente pueda enfocarse en lo que realmente importa.

Lo que ya no tiene lugar

Lo segundo es que lo que nunca debió existir ya está desapareciendo: el desarrollador que se creía un semidiós. Ese que, por dominar un vocabulario distinto al de los demás, que en el fondo es lo que es un lenguaje de programación, se sentía con derecho a imponerse a los usuarios y a las empresas para las que trabajaba. Todo el que lleva tiempo en esta industria conoció a alguno que tuvo como rehenes a sus empleadores o a sus usuarios, con una altivez difícil de olvidar. El auge de la inteligencia artificial ha traído mucha humildad a la industria, y en IMS lo celebramos, porque somos una empresa orientada al usuario, no a las máquinas. Es un alivio ver que los desarrolladores dejan de arrinconar a los usuarios, porque ahora los usuarios pueden construir sus propias herramientas, y verlos más agradecidos con los clientes y empleadores que pagan por su trabajo, porque entienden que hacerlo es un privilegio.

Una oficina tradicional de los noventa: los empleados esperan y, desde el cuarto de cómputo, un desarrollador los mira con desdén
El que tenía las llaves Una oficina tradicional de los noventa levanta la vista hacia el cuarto de cómputo. Desde allí, un desarrollador de brazos cruzados, con las llaves en la cintura, los mira con desdén.
Un reloj de péndulo entre una computadora de los noventa y un escritorio de hoy
El péndulo Un reloj de péndulo entre dos escritorios: a la izquierda, la PC de los noventa con sus disquetes y el Zip, y a la derecha, el escritorio de pie con la laptop y el teléfono.

Pero el péndulo puede irse al otro extremo. Así como antes los desarrolladores creían que podían hacer grandes cosas por sí solos, ignorando que necesitaban clientes y usuarios, hoy hay usuarios que creen que ya no necesitan a un desarrollador de software. Ambos polos son incorrectos. Las organizaciones no pueden colocar sus procesos clave sobre herramientas improvisadas, creadas sin criterio de ingeniería. Durante años hubo negligencia al permitir que el personal técnico gobernara las organizaciones sin entender cómo funcionaban; hoy puede haber una irresponsabilidad igual de grande si pasan a depender de herramientas improvisadas por usuarios que ahora tienen la misma altivez que antes tenían aquellos desarrolladores. Necesitamos dos cosas:

  1. Mejores usuarios, con una buena cultura técnica.
  2. Mejores desarrolladores, con una buena cultura comercial.

En un mundo sintético, una empresa real

Lo tercero es esto: la atención directa al usuario se ha vuelto un lujo, y el mercado está muy dispuesto a pagar por ella. Hablamos de cosas como estas:

  • Hablar el lenguaje de la gente.
  • Mirar a alguien a los ojos.
  • Dar soporte presencial.
  • Tener curiosidad por las organizaciones.
  • Tratar bien a su gente.
El desarrollador, sentado junto a una usuaria en una distribuidora, le explica la pantalla mirándola a ella
Soporte presencial En la oficina de una distribuidora, el desarrollador se sienta junto a la usuaria y le explica la pantalla mirándola a ella. En su escritorio, una impresora matricial con papel continuo.

En eso IMS brilla. Siempre hemos sido una empresa que habla un lenguaje humano, que trata con cordialidad y que explica lo que está haciendo. Creo que el término es pertinente: hemos sido una empresa humilde en la forma de relacionarnos con nuestros clientes y con sus usuarios, y hoy eso tiene una vigencia extraordinaria. En un mundo sintético, queremos ser una empresa real.

Por eso nuestra política de uso de la inteligencia artificial busca automatizar los procesos de poco valor, para que el equipo clave de IMS esté disponible donde el trato humano realmente se valora. Sin pretender ser exhaustivo: en el levantamiento, la documentación, la interacción con los usuarios y la asistencia, queremos que se note que detrás hay personas reales. Un ejemplo: hoy toda la gestión de tareas pendientes dentro de nuestro CRM se hace con asistencia de inteligencia artificial, pero el cien por ciento de nuestros usuarios recibe a una persona de nuestro equipo que le ayuda a entender la solución implementada y tiene la paciencia de acompañarle. Nuestros clientes no eligen entre una IA y un ser humano: siempre los atiende un ser humano, y ese ser humano se apoya en la IA.

En este momento queremos formar a nuestra gente con dos guías que hemos desarrollado y publicado en el sitio de Breve. Difundir ambas es hoy una prioridad para nosotros:

Portada del folleto Cultura comercial: un ábaco en verde y ocre

Guía 1

Cultura comercial

Para que los próximos desarrolladores de IMS tengan una curiosidad sincera por los negocios con los que trabajan.

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conceptos
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En desarrollo: crece con cada versión.

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Portada del folleto Cultura técnica: cables de colores que llegan a un conector

Guía 2

Cultura técnica

Para que nuestros usuarios aprendan a construir, con nuestra asistencia, las herramientas que necesitan.

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En desarrollo: crece con cada versión.

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El desarrollador que estamos buscando

El desarrollador ideal para IMS tiene un buen nivel técnico, porque esa es su naturaleza: construir herramientas con ingeniería de software. Pero, sobre todo, es una persona con mucha empatía y cultura general; un gran ser humano. Gran parte del código que hoy se escribe en nuestra organización se escribe con asistencia de inteligencia artificial, pero la responsabilidad sobre ese código sigue recayendo en un ser humano: alguien que conoce nuestro producto, que domina las prácticas de ingeniería que hemos implementado en él y que entiende por qué las cosas se hacen como se hacen. No es una IA con contexto. Es una persona con sensibilidad, raciocinio real y criterio moral.

El desarrollador, con su laptop abierta, conversa con una supervisora en una fábrica de muebles
Conocer la industria En una fábrica de muebles, el desarrollador conversa con la supervisora de producción al pie de la línea, entre trabajadores que ensamblan sillas y un montacargas con su paleta.

Esperamos además que conozca bien al menos tres de las siete industrias con las que trabajamos. Conocer bien una industria significa haber pasado en medio de ella el tiempo suficiente. Si un desarrollador va a automatizar un proceso de producción, debe haber estado en una fábrica y entender:

  • Qué es balancear una línea de producción y cuáles son sus indicadores.
  • Qué impacto tiene un insumo que no llega a tiempo.
  • Lo que la industria ya aprendió a lo largo de su historia y cómo pasó de un esquema de producción a otro.
  • Su vocabulario, sus actores principales, sus mejores prácticas y quiénes lo han hecho mejor.

Queremos ser una empresa empática. Todo el que trabaja con nosotros, sea colaborador o cliente, debe poder desarrollar progresivamente las capacidades que necesita para seguir haciendo bien su trabajo. Pero la paciencia necesita una ruta, un camino trazado, y por eso seguimos documentando. Es muy probable que el desarrollador que estamos buscando ya forme parte de nuestra organización, o que esté cerca de ella. No escribimos este perfil para reemplazar a nadie, sino para nombrar hacia dónde queremos crecer juntos.

¿Todavía importa el título universitario?

Una sala de lectura universitaria con libros, un globo terráqueo, un compás y una lira
La sala de lectura Estudiantes en una biblioteca universitaria, con libros, un globo terráqueo, un compás, un atlas y una lira sobre la mesa, y una pizarra con figuras de geometría.

Es una pregunta que surge a menudo en mis conversaciones recientes con desarrolladores. Creo que lo que importa no es el título en sí, sino una formación sólida en ciencias, matemática, historia, lengua y cultura general, y es muy posible que eso todavía se consiga en una buena universidad. De hecho, creo que las universidades deberían alejarse de la formación técnica y fortalecer sus programas en ciencias puras, arte y literatura. No vamos a diferenciarnos de una IA enseñando a los estudiantes a escribir mejor código. Lo haremos ayudándoles, primero, a ser mejores seres humanos: creativos, morales, racionales.

El futuro que no queremos

No sabemos cómo será el desarrollo de software dentro de diez años. Sí sabemos que las personas seguirán organizándose, que seguirán necesitando herramientas y que seguirán valorando que alguien real las escuche y las acompañe. El desarrollador que estamos buscando entiende eso: escribe código con las mejores herramientas disponibles, pero nunca olvida para quién lo escribe.

El futuro que no queremos es uno en el que las máquinas escriban código solo para otras máquinas. Nuestro trabajo existe porque existen los seres humanos. Si ellos se van, nosotros nos iremos también. No somos una empresa orientada a las máquinas, sino a la gente.

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